EL MAR DE GONZALO CHILLIDA

“La mer, la mer, toujours recommencée!”
Paul Valéry. Le cimetière marin

Desde hace muchos años, durante el verano en Cuenca, contemplo a menudo dos pequeñas pinturas de Gonzalo Chillida. Colocadas en un lugar frecuentado de la casa, constituyen un remanso de paz, unos espejos propicios a la reflexión, una apacible, humilde y cálida compañía. Ambos cuadros, pintados con suaves colores – grises ligeramente azulados, grises teñidos de ocre- presentan, en su verticalidad, una sucesión de sutiles estratos que se van difuminando en la parte superior de las telas. La sensación de infinitud de un posible mar brumoso confundiéndose con un posible cielo, sin otra referencia que su  misteriosa vaguedad, está lograda por medios puramente plásticos, sin recursos ilusionistas. Producen también, a pesar de su pequeñez, la impresión de estar contemplando obras de dimensiones mucho mayores, y en alguna ocasión me he preguntado si el efecto que causan sería más intenso si hubiesen sido pintadas en formatos más grandes.

Sin embargo, cuando se constata la perfecta adecuación del tratamiento pictórico con la estructura escogida, como es el caso de estas pinturas, cabe dudar de la validez de esta posibilidad sobre la cual, evidentemente, el pintor ha reflexionado. El problema de la relación de la expresividad con el tamaño del soporte, e incluso con el instrumento utilizado, tan importante en pintura, depende tanto del espíritu que la anima como de la personalidad de su artífice.

Ciertos pintores americanos –pienso especialmente en Still y Rothko- han forzado la escala a fin de obtener una subyugante espacialidad. Ciertas pequeñas obras de Klee logran sumergirnos en un mundo infinito y expansivo, y un pintor tan intimista como Morandi –con el cual, por cierto, la obra de Gonzalo Chillida, aún perteneciendo a un mundo conceptual tan diferente, presenta ciertas afinidades- puede alcanzar semejante pictoricidad espacial a través de un tema-pretexto que en principio pertenece a un dominio convencional. En el caso de la pintura que nos ocupa no cabe duda de que la dimensión espacial no depende tanto del formato como de la potencialidad que manifiesta.

En las pinturas más recientes de Gonzalo Chillida, la horizontalidad a la que aludíamos antes ha sido abandonada en pos de una agitación de las superficies, de un mayor dinamismo, de una efervescencia de la superficie pictórica, todo ello, bien entendido, dentro de semejante sutilidad en el tratamiento, de la elegancia y refinamiento que caracteriza su obra. Si eludimos por un instante las sugerencias de realidad que de ellas se desprenden, y dentro de la bidimensionalidad que las caracteriza, hallaremos por encima de todo una diversidad de situaciones inscritas en un espacio expansivo, en principio prolongable en todos los sentidos. Como si las imágenes que contemplamos no fueran más que un fragmento de un fenómeno plástico mucho más vasto, permitiendo a la mirada –e incluso obligándola- a proseguir su recorrido fuera ya de los límites del cuadro. Este espacio, ocupado con elementos transparentes, livianos y vaporosos, está sin embargo construido, paradójicamente ordenado, pues bajo su apariencia fluida y azarosa existe una verdadera composición subyacente, una invisible osatura que los sustenta y los justifica.

Equilibrio-desequilibrio, acabamiento-inacabamiento, evidencia- ambigüedad; estos factores contradictorios relacionados con múltiples aspectos del arte contemporáneo, constituyen en la pintura de Gonzalo Chilllida elementos permanentes de duda, y aunque parezca paradójico, de equilibrio. De duda para el espectador, pues frente a su obra todos los factores enumerados parecen jugar por igual un papel determinante, resultando a un tiempo equilibrada y sabiamente desequilibrada, terminada y voluntariamente inconclusa, evidente y a la vez ambigua. De equilibrio también, ya que se compensan y se complementan en una concepción pictórica en la cual esta dialéctica contradictoria constituye la esencia misma de su universo fluido y evanescente.

Es precisamente en el terreno de la evidencia y de la ambigüedad donde debemos situar un problema, a mi juicio el más importante, planteado por esta pintura. Si observamos estos cuadros ya no solamente desde el aspecto plástico- sensorial, hallaremos relaciones con el universo marítimo y celeste – en realidad a un tiempo marítimo y celeste- de sus obras anteriores, pero también un afinamiento de su mirada hacia particularidades de mayor organicidad dinámica como son, por ejemplo, el reflejo del agua, los meandros formados por las mareas, las sutiles y evanescentes huellas en la arena húmeda, etc. Aparecen formas insólitas en este espejo cálido que es siempre la pintura de Gonzalo Chillida: cascadas cósmicas, espejismos de desierto, incendiados cielos crepusculares, y siempre, como un eterno comienzo, el mar, el cielo y la arena, bajo una atmósfera norteña hecha de brumas y nostalgias.

Me parece que si radicalizáramos ambas miradas –la de la plasticidad pura, o la puramente referencial- y fuéramos partidarios de una de ellas en detrimento de la otra, cometeríamos un grave error, pues la pintura  a la que nos referimos está hecha de la simbiosis fervorosa de ambas realidades. La referencia a la realidad nunca es explícita, sino más bien relacionada con un espacio afectivo, ciertamente determinado, pero productor de plásticas imprecisiones. Las formas permanecen, en una zona intermedia entre la definición y la indefinición, como si en este universo eminentemente panteísta, toda concreción fuera imposible, y solamente la vaguedad y la bruma pudiera reflejar la vehemencia frente a la naturaleza.

Esta solución plástica es rara en occidente; solamente algunos pintores expresionistas-abstractos han captado, bajo conceptos estéticos evidentemente diferentes, la fusión con la naturaleza que el arte oriental nos ha ofrecido en el pasado con tan intensa ansia, y feliz resolución. Por ello, la pintura de Gonzalo Chillida representa uno de los intentos más interesantes de esta fusión de la realidad – en este caso un paisaje marítimo transformado en escenario mental- con la abstracción pictórica, es decir, la coincidencia de dos fervores –el terreno afectivo y el terreno pictórico- sin caer nunca en la tentación de la representación ilusionista. La percepción sensorial de la naturaleza se integra naturalmente, sin violencia alguna, en una concepción moderna del espacio pictórico: bidimensionalidad, sensibilidad y fantasmagoría, parecen unificarse en un meta-paisaje, en un verdadero paisaje abstracto tan bello como real.

 

Antonio Saura


Este texto apareció como prefacio del catálogo Gonzalo Chillida (Madrid, Galería Elvira González, 1994), y se publicó en Visor / Sobre artistas (1958 – 1998) (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2001), Copyright: Succession Antonio Saura /  www.antoniosaura.org