PINTAR AL LÍMITE

En el muy bello y justo texto, que escribió hace años Gabriel Celaya sobre la pintura de Gonzalo Chillida, se aludía al carácter metafísico implicado en la representación de lo inhumano, el paisaje de la naturaleza deshabitada. Era un texto que acompañaba una exposición formada fundamentalmente por paisajes arenosos, que se podían identificar vagamente con visiones marinas desde la playa. Parece que el hombre se acerca al mar, paseando por sus playas, acuciado por algún interrogante fundamental. En una playa estaba Agustín de Hipona preguntándose por el significado inexcrutable  del misterio de la Trinidad, cuando un ángel le hizo comprender que su curiosidad quedaría satisfecha cuando el mar cupiese en un pequeño hoyo de arena.

La tierra y el mar establecen un diálogo enfrentado, sin que jamás puedan superar el límite que los separa, un límite de elementos antitéticos. Es verdad que el hombre, atravesándolo, puede contemplar las dos perspectivas, pero es, desde cada una de ellas, radicalmente diferente: está, siente y piensa diferente. Desde el desierto arenoso de la playa, el mar se muestra, no obstante, también como un desierto azul: es una perspectiva plana y pulida como un espejo infinito, donde se reflejan, alumbrados por la luz, cielo, tierra y agua. Es el espejismo de una realidad completa, la ilusión absoluta de la verdad.

Los físicos presocráticos dan la impresión de haber pensado el mundo desde una orilla y, desde luego, hay siempre en la interrogación metafísica una querencia de litoral. Recuerda a este respecto el impresionante cuadro de Kaspar David Friedrich del Monje frente al mar, que es la imagen de quien ha llegado al límite en pos de la verdad.

Tal y como le ha ocurrido a Gonzalo Chillida, cuando se llega a estas verdades últimas, no cabe el entretenerse con los cambios de visión. No se progresa por cambios, sino mediante una silenciosa concentración, un ahondamiento en lo visto, que abarca todo lo visible, porque se ha comprendido lo infinito de la visión. En este sentido, la actitud y la obra de Gonzalo Chillida es, no cabe duda, las propias de un visionario romántico, de un místico que no puede encelarse con lo pintoresco de la naturaleza, porque ha penetrado en su esencia. Su pintura es, pues, como la de Friedrich o la de Morandi, una pintura efectivamente metafísica, con la única diferencia, respecto al segundo de los dos antes citados, que Gonzalo Chillida contempla el mundo desde el exterior, fuera de la casa, más allá de lo humano.

De esta manera, el arrière-pays, del que hablaba bellamente Yves Bonnefoy, buscando una verdad en los paisajes pintados detrás de la anécdota de los hombres, se convierte para Gonzalo Chillida en el único objeto de su interés artístico, en la única referencia para contemplar lo real. Albert Camus, otro pensador de litoral, de riberas desérticas, quiso ver en los cuadros de Piero a hombres exangües, sin sangre, heraldos del desierto, tocados por el ardor de las arenas, que contienen el secreto del mundo extremadamente purificado por la acción abrasiva conjunta de todos los elementos, aire, fuego, tierra y mar. El hombre del desierto es un hombre esencial, como lo es también la naturaleza misma, en cuyos granos de arena Marguerite Yourcenar – Le temps, ce sculpteur-, creía sentir el latir de las piedras, de las piedras reducidas a su ser fundamental, partículas, polvo, el principio y el fin.

Entre brumas y celajes, los paisajes de Gonzalo Chillida pueden, a veces, retirarse de la orilla, pero, espacios vacantes, nunca abandonan la relación agua- tierra, salvo cuando la vista se remonta a los cielos, ese infinito puro que no tiene otro semejante natural que la mar inabarcable. Sus colores son, por otra parte, pura sustancia luminosa, con reverberaciones opalescentes, cuya respiración inmaculada no se quiebra ni en los pardos reflejos de la tierra y su translúcida vegetación capilar. Estos resplandores a ras de tierra y agua producen el efecto de una intimidad desolada, una atmósfera de quietud virgen, un silencio prehistórico. Y el alma se acongoja melancólicamente ante este silencio, pero sufre con una pena lírica. Gaston Bachelard, en El agua y los sueños, nos ha explicado la verdad que se oculta en esta querencia poética por el agua: “El ser consagrado al agua es un ser en el vértigo. Muere a cada minuto, sin cesar algo de su sustancia se derrumba. La muerte cotidiana no es la muerte exuberante del fuego que atraviesa el cielo con sus flechas; la muerte cotidiana es la muerte en el agua. El agua corre siempre, el agua cae siempre, siempre concluye en su muerte horizontal. A través de innumerables ejemplos veremos que para la imaginación materializante la muerte del agua es más soñadora que la muerte de la tierra: la pena del agua es infinita.”

Entre brumas, la belleza de los paisajes de Gonzalo Chillida nace de una íntima compenetración con la naturaleza, cuyo ser representa. Su pintura está en el límite, donde lo que se ve es definitivamente el más allá. En verdad, no se puede ir más allá de la pintura de Gonzalo Chillida.

 

Francisco Calvo Serraller

Este texto apareció como prefacio del catálogo Gonzalo Chillida (Bilbao, Museo de Bellas Artes, 1990 ).